
Meditaciones para la Cuaresma
Santo Tomás de Aquino
Jueves, 19 de febrero de 2026
Jueves después del Miércoles de Ceniza
AYUNO
1. Ayunamos por tres razones:
(i) Para reprimir los deseos de la carne. Así dice San Pablo en los ayunos, en castidad (2 Cor. 6:5), lo que significa que el ayuno es una salvaguardia para la castidad. Como dice San Jerónimo: «Sin Ceres y Baco, Venus se congelaría», lo que equivale a decir que la lujuria pierde su calor por la escasez de comida y bebida.
(ii) Para que la mente se eleve con mayor libertad a la contemplación de las alturas. Leemos en el libro de Daniel que fue después de un ayuno de tres semanas que recibió la revelación de Dios (Dan. 10:2-4).
(iii) Para hacer satisfacción por el pecado. Esta es la razón que da el profeta Joel: «Convertíos a mí con todo vuestro corazón, con ayuno, llanto y lamento» (Joel 2:12). Y esto es lo que escribe San Agustín al respecto: «El ayuno purifica el alma. Eleva la mente y somete el cuerpo al espíritu. Contrista y humilla el corazón, disipa las nubes del deseo, apaga las llamas de la lujuria y enciende la verdadera luz de la castidad».
2. Se nos ha dado el mandamiento de ayunar. Pues el ayuno ayuda a destruir el pecado y a elevar la mente a pensamientos del mundo espiritual. Cada persona está obligada, por la ley natural de la materia, a ayunar tanto como sea necesario para ayudarle en estos asuntos. Es decir, el ayuno en general es una cuestión de ley natural. Sin embargo, determinar cuándo y cómo ayunar, según lo que convenga y sea útil para el cuerpo católico, es una cuestión de derecho positivo. Declarar la ley positiva es competencia de los obispos, y lo que así declaran se llama ayuno eclesiástico, en contraposición al ayuno natural mencionado anteriormente. Los tiempos señalados por la Iglesia para el ayuno son bien escogidos. El ayuno tiene dos objetivos:
(i) La destrucción del pecado, y
(ii) la elevación de la mente a cosas superiores. Los tiempos señalados para el ayuno son, pues, aquellos en los que los hombres están especialmente obligados a liberarse del pecado y a elevar su mente a Dios con devoción. Dicho tiempo es especialmente el que precede a la solemnidad de la Pascua, en la que se administra el bautismo y con él se destruye el pecado, y cuando se recuerda la sepultura de Nuestro Señor, pues somos sepultados junto con Cristo por el bautismo en la muerte (Rom. 6:4). Además, sobre todo en la Pascua, la mente de los hombres debe elevarse, mediante la devoción, a la gloria de la eternidad que Cristo inauguró en su resurrección. Por lo tanto, la Iglesia ha decretado que inmediatamente antes de la solemnidad de la Pascua debemos ayunar, y, por una razón similar, que debemos ayunar en las vísperas de las fiestas principales, reservando esos días como oportunos para prepararnos para la celebración devota de las fiestas mismas.
(Tomado y traducido libremente de aquinaslent.com, x.com, @metathomist)